Primos hermanos

Las Harley son una de las marcas de motos más carismáticas del mundo. La legión de seguidores de las Harley son miles, millones diría yo. Un claro ejemplo de cómo una marca ha sido capaz de trascender a su producto, y se ha convertido en una forma de vida, en una leyenda. Los poseedores de una Harley-Davidson son como los marines americanos: forman parte de una hermandad durante toda su vida. Unos usuarios no ya fidelizados a la marca, sino que está interiorizada, es una marca emocional.

Entre los muchos eventos que la marca organiza por todo el mundo, las concentraciones son las más espectaculares. Los fanáticos de las Harley se reúnen en un lugar durante varios días, con conciertos, actividades y actos de todo tipo. En Barcelona, hace dos años, tuvo lugar una de las citas europeas, y este año han repetido.

Es realmente interesante asistir a una de estas movidas. Los moteros de las Harley, por lo general, es gente de lo más normal del mundo, sólo que tiene como pequeño rasgo personal que son unos fanáticos de esta marca. Y claro, eso a veces no es sólo un rasgo personal, sino que transforma toda la personalidad del individuo y se convierte en un modo de vida. Queda claro que para mi hay dos tipos de moteros: los normales, que si acaso van a las carreras de MotoGP, o a la Pingüinos. Y los de las Harley, cuyo árbol genealógico se subdivide en otros varios grupos, clanes y miniclanes.

Vaya por delante mi enorme respeto hacia todos los moteros en general. Pero especialmente, rindo tributo a los de las Harley por varias razones. Primero, los moteros y los bikers tenemos muchas cosas en común. Pero más aún con los de las Harley, o con los chopperos en general. Yo al menos encuentro similitudes en la filosofía del asunto. Ambos buscamos lo mismo: la sensación de libertad bajo dos ruedas. Y de formas parecidas: con una actitud “independiente”, crítica, inconformista, incluso grosera o bastarda. Rock and roll, cerveza, etc.

No hay que olvidar que los primeros moteros norteamericanos de los años 50 eran poco menos que escoria social: incomprendidos, golfos, maleantes. Y los hippies que comenzaron a trucar bicis y ponerles ruedas gordas eran básicamente sus hermanos pequeños.

Es curioso cómo han evolucionado ambos conceptos, convirtiéndose -sobre todo el de las Harley-, en todo lo contrario, -aunque con sus salvedades. Harley es prestigio, es autenticidad, independencia, distinción. Quien tiene una Harley es bien porque tiene bastante pasta y quiere un elemento de distinción, o porque realmente es un puto friki que vive la moto de verdad como si fuera el jodido Dennis Hopper en Easy Rider.

Con las bicis no ha pasado del todo lo mismo. Creo que afortunadamente. Pero quién sabe. Como todos los movimientos contraculturales que importamos de Estados Unidos (en Europa no tenemos contracultura, sólo minorías), quizás esté destinado a cuajar y convertirse en un movimiento cultural per se. Sinceramente, prefiero que siga siendo pequeño.

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Luis

El otro día fui a ver a Luis, a su cueva de Sabadell. La guarida del lobo. La choza del ermitaño. Considero a Luis una especie de gurú del mountain en este país. Pero un gurú un tanto underground, claro. No me refiero al gurú listillo, sino al tipo auténtico que vive para la bici. Es difícil conocer a una persona como Luis en profundidad, pero en general te da la impresión de estar hablando con el último hombre libre de la Tierra. Un tipo sin más preocupaciones que la bici, sus guitarras, sus diseños y sus historias. Comprometido con su forma de ser y de pensar. Sin ataduras aparentes, y sobre todo sin dobles caras. Lo que ves es lo que hay.

Hablar con él de bicis ya es una obviedad, pero la verdad es que acabas descubriendo nuevas ideas y conceptos. Supongo que mi educación ciclista ha tenido un maestro principal en este tipo, desde que una tarde entré tímidamente en la tienda de la calle Antonio Pérez. Allí me encontré algo a lo que no estaba acostumbrado cuando iba a una tienda de bicis. Había una fauna curiosa. Un pasota arrecostado en el mostrador leyendo una revista de bicis americana, otro arreglando un bicicletón en el taller, otro tío bebiendo birra de una litrona, y otro sentado en el ordenador. Rock de los 70 de fondo. Parecía cualquier cosa menos una tienda de bicis. Y en ese momento, tras el primer intercambio de frases, vi que aquellos tipos con pinta de macarras iban a ser amigos míos. Te vendían su marca, por supuesto, pero sobre todo te vendían calidad y autenticidad. Y eso los convertía en tipos cercanos y sin careta. No es que fueran de pose, es que eran así.

Con el tiempo, alrededor de su tienda he conocido a los mejores amigos sobre la bici, y también fuera de la bici. Y con Luis como una especie de “capo” en la gran familia, he tenido un ejemplo de autenticidad, con sus luces y sombras, como todo el mundo, pero siempre como referente. Una especie de maestro Yoda.

El otro día, decía, no estuvimos hablando del último modelo de suspensión, o de las nuevas horquillas… Estuvimos hablando de política, de la huelga general, de la decepción de las ideas de izquierda en este país, del capitalismo que nos ha ganado, del intolerante nacionalismo, y de otras cosas. Dos madrileños en Sabadell. Dos tipos en bici. Un amigo.

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El mirlo

Un mirlo viene casi todas las mañanas a la terraza, y se posa en la empalizada que la rodea. Previamente, por supuesto, el mirlo o los mirlos (para mí que es una familia pequeña) han estado cantando durante un buen rato. De hecho, es el primer sonido que escuchamos por las mañanas mi novia y yo. El sonido limpio y claro de un pájaro, que se expande por todo el interior de la manzana. Nuestra terraza da al exterior, que es en realidad el interior de una manzana entera, y en ella hay jardines de casas bajas y bastantes árboles. De forma que cualquier sonido animal o humano tiene amplio eco en todo el recinto, más si es un piso alto como el nuestro.

En un momento dado, ya durante el desayuno, y supongo que dando un primer paseo matutino en busca de su propio pétit dejeuner, el mirlo se posa en los palitos de la empalizada. Allí se queda, mirando a todo el recinto como cuando uno se asoma al balcón a ver el paisaje. Supongo que le gusta contemplar sus dominios, los sitios por donde vuela y se busca la vida a diario. Para tener una perspectiva de su propio espacio, y eso. Desperezarse, pensar qué va a hacer hoy, cuál va a ser el menú del día, ese tipo de cosas. El pájaro se queda allí un rato, hace caso omiso si yo le he dejado algún trozo de pan, y sigue a lo suyo. A veces caga en las macetas desde lo alto de la empalizada. Claro, quizás sea eso también, una especie de retrete suspendido. Cagar mientras pensamos, tan típico.

Y luego se va, y hasta otro día.

Ya tiene nombre. Le voy a llamar Señor Gómez, por sugerencia de un amigo. Realmente lo encuentro apropiado. Con su trajecito negro de oficinista, el mirlo se levanta temprano para buscarse la vida y volver a casa con los suyos, trayendo algo de comer. Incluso tiene su ritual para cagar mirando al horizonte. No cabe duda, el Señor Gómez es un sibarita.

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Quicksilver

Mañana toca sesión de bici. Todavía no sé si será entrenamiento en la rígida o un divertido y refrescante enduro. Sea lo que sea, tengo pendiente un “mini Clinik” para poner a punto ambas máquinas.
Aparte de esto, la motivación extra de estos días ha venido por la gran película de Kevin Bacon: Quicksilver. Ya comenté que me la regaló el gran Veider, y que es un clásico del cine ochentero hortera. Pero es mucho más que eso: es una peli sobre bicimensajeros, con un secundario de lujo como Laurence Fishbourne, que es pionera en tratar a la bici como parte casi protagonista en la peli. ¡Una escena transcurre mientras Kevin Bacon ajusta los radios y centra una rueda!
A pesar de lo simple del argumento, la peli cuenta la historia de un broker que se arruina en la Bolsa y se mete a bicimensajero para ganarse la vida. Así descubre su verdadera pasión, y ya no puede vivir sin la bici y sin la adrenalina de los repartos kamikazes por las calles de San Francisco. Debe ser la primera película de la historia con escenas de persecución de bicis y coches. Y tremenda es también la música, mezcla de Flashdance y Duran Duran.
En fin, una película mítica, entrañable por lo naïf que resulta hoy en día, -no me imagino a los hermanos Lacondeguy viéndola-, pero sin duda una de las mejores inspiraciones para la era del Kranked o los Disorder. Algún día habría que hacer un remake de Quicksilver, con bicis de montaña y toda la pesca.
Y hablando de pelis modernas, ahí va el trailer oficial del gran estreno del año: Follow me.

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